UCRANIA QUIERE COBRARSE RUSIA ACTIVO A ACTIVO
Hoy tenemos tres historias que, aparentemente, no tienen nada que ver entre sí: un barco ruso inmovilizado en el Ártico, misiles iraníes atacando bases utilizadas por Estados Unidos en Oriente Próximo y miles de millones de dólares regresando a la industria petrolera venezolana. Pero las tres hablan de lo mismo: de cómo está cambiando el poder internacional.
Comenzamos en Svalbard, donde el buque ruso Professor Molchanov puede convertirse en una pieza de una batalla jurídica muchísimo mayor. Naftogaz reclama a Rusia más de 4.200 millones de dólares por los activos que perdió tras la anexión de Crimea y está intentando ejecutar el laudo arbitral contra bienes rusos situados fuera de Rusia.
El problema es que los Estados disfrutan de inmunidad soberana. Pero esa protección puede reducirse cuando determinados activos están vinculados a actividades comerciales. Y el Professor Molchanov, aunque sea formalmente un buque científico, también ha realizado expediciones y cruceros comerciales.
Si Naftogaz logra avanzar desde el embargo hasta una eventual venta forzosa, el caso podría demostrar que la gigantesca deuda rusa puede cobrarse poco a poco localizando activos estatales comercialmente utilizables en distintas jurisdicciones.
Y todo ocurre en Svalbard, uno de los lugares más sensibles de la presencia rusa en el Ártico, en plena militarización del Alto Norte y mientras aumenta la competencia entre Rusia, la OTAN y China.
Después viajamos a Oriente Próximo.
Irán continúa atacando instalaciones utilizadas por Estados Unidos en Jordania, Kuwait, Bahréin e Irak. Tras meses de guerra, empieza a verse con mayor claridad la lógica de Teherán: quizá Irán no pueda derrotar militarmente a Estados Unidos, pero puede intentar convertir su presencia regional en una operación cada vez más cara, difícil y políticamente incómoda.
Los daños acumulados, el consumo de interceptores Patriot y THAAD y la presión ejercida sobre los países que alojan fuerzas estadounidenses plantean una cuestión fundamental: ¿está Irán atacando realmente a las fuerzas norteamericanas o está intentando erosionar toda la arquitectura regional de poder de Estados Unidos?
Terminamos en Venezuela.
Después de décadas de nacionalizaciones, deterioro de PDVSA, sanciones y caída de la producción petrolera, el capital estadounidense regresa con fuerza. Chevron prepara miles de millones de dólares de nuevas inversiones mientras Washington adquiere una participación cada vez más directa en la explotación de los enormes recursos venezolanos.
Pero aparece una pregunta que puede resultar decisiva dentro de algunos años: ¿qué ocurrirá si Venezuela vuelve a celebrar elecciones verdaderamente competitivas y un futuro Gobierno democrático considera ilegítimos los acuerdos firmados bajo el actual sistema político?
El capital norteamericano puede contribuir a reconstruir la industria petrolera venezolana. Pero unos contratos percibidos como excesivamente favorables para Washington podrían también sembrar las semillas del próximo enfrentamiento entre Venezuela y Estados Unidos.
Tres historias. Tres escenarios. Y una misma cuestión: quién posee los activos, quién controla los recursos y quién tiene finalmente capacidad para imponer las reglas.
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